El corazón

Estaba en la puerta, saludando a la anfitriona, podía verlo desde la cocina. Tomó el cuchillo y se hizo una rebanada en el brazo, dió un sorbo a su copa de vino, fué al baño a lavarse y buscar algo para cerrar el corte. Superpuso varios curitas y salió, entró a la recamara donde estaba su sueter y se lo puso, salió a fumar, saludó como si nada y, al parecer, nadie se dió cuenta de su pequeña autoflagelación.

Ese fué uno de varios episodios, sintió que se mareaba mientas le veía, el dolor el el pecho y la ansiedad, esta vez la punzada en el pecho más fuerte lo desesperó y se cortó, no por ese lugar común del dolor físico que se sobrepone al dolor ansioso, sino porque se desesperaba de no poder respirar y sentir como los latidos le empujaban el pecho hacia afuera, como si su corazón fuera a buscarle. Desde que había salido del hospital, hacía algunos días, sentía ansiedad cuando le pensaba o le veía, tal vez la cercanía con la muerte hacía que hubiese enamorado, más fuerte, pues ya lo estaba desde antes. No sabía que era, pero las noches de insomnio eran frecuentes desde entonces, sus latidos lo despertaban y ya no podía respirar, ni dormir, ni dejar de pensarle.

La mañana siguiente, desayunaba con su madre mientras ella le pregunta qué si había tenido complicaciones desde que fué dado de alta, él dice que no.

Conforme se han puesto al día él comenta que se desespera mucho ultimamente, que tiene ataques de ansiedad y que cuando le mira siente que no puede respirar y que el pecho duele, y siente el corazón palpitando fuerte.

Ella pregunta si ha sentido eso desde que fué dado de alta, él contesta que sí, ella menciona qué, es posible que esté enfermo, que su bronconeumonía haya derivado en una pericarditis, una enfermedad en el corazón, infección, posiblemente por bacterias, que era necesario hacerse algunos estudios para determinar si existía relación entre la infección respiratoria y los síntomas que él presentaba. Le recomendó reposar y tomar algunas aspirinas si sentía dolor y claro, ir al médico.

Hizo su cita, cuando caminaba a hacerse una radiografía y un electrocardiograma le vió empezó a latir su corazón a prisa, pum bum pun bum y cambió el ritmo pum      bun   pum                    bum, se detuvo, trató de calmarse y dió una bocanada de aire. Siguió, no le habló y trató de que no lo notara, siguió y se hizo sus pruebas.

Compró aspirinas como le recomendaron, las tomaba y esperó los resultados. En las noches seguía despertando y leyendo al no poder conciliar el sueño, redujo la sal, grasas y azucares, no el vino, seguía tomando una copa por las tardes y escuchando música.

El día de la entrega de resultados estaba nervioso, taquicárdico, sudaba, por fin lo recibió el medico, el doctor lo tomó del hombro y le dijo que se calmara, que no era de gravedad en la mayoría de los casos. Pero él no estaba nervioso por la enfermedad en sí, estaba nervioso porque entonces todo lo que sentía podía ser falso, los suspiros producto de la inflamación del pericardio, el dolor en el pecho, las arritmias que siempre pensó eran  su corazón tratando de latir al ritmo de su contraparte, los mareos, la ansiedad, la falta de apetito. Pensaba, “esto es para siempre” y cuando el doctor dijo que empezaría su tratamiento ese mismo día sintió un poco de tristeza.

Antibiótico, menos desveladas, no alcohol, menos cigarro, mejor alimentación, ejercicio moderado, menos grasas, aspirinas, menos sal, diuréticos y una segunda revisión para validar que no era necesario drenar el saco pericárdico.

El doctor dijo qué, la detección fué temprana así que no se esperaban complicaciones.

Lo dificil fueron los primeros días, cambiar sus costumbres alimenticias, sus hábitos, sus vicios, no dejó nada en realidad, lo redujo al minimo, a la semana siguiente, podía dormir 8 horas seguidas sin despertar, los ataques de ansiedad se redujeron y los dolores de pecho desaparecieron. Hacer ejercicio mejoraba su ánimo y poco a poco un poco  de ejercicio y una copa de vino minimizaron sus ganas de buscarle.

Tenía buen aspecto, regresó a su habitual desvelada y en una noche cualquiera, una noche nada especial, tomaba un agua mineral cuando se apareció en la puerta, se veía mejor, sonreia, le miró y fué a saludar. – me dicen que estás mejor, que tenías un problema cardiaco – , – así es, pero ya fuera de cualquier peligro, gracias – contestó, él le dió un abrazo, y siguió saludando al resto de la concurrencia.

Si pudiesemos acercarnos a su yugular y pegar la oreja, notariamos un olor a cítricos de su loción favorita, un ligero aumento de temperatura y un aumento del pulso de 75 a 80, notariamos la presión al abrazarlo, las manos tocando su espalda, su nariz dilatandose al respirarlo, no hay dolor de pecho, no hay falta de respiración, no mareo, no estaba tan enamorado, sólo tenía una infección en el corazón.

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