Augusto y U. o Cómo perdió Augusto su corazón

Phobos y Deimos son dos ratas de peluche que resguardan el sueño de Augusto, un Augusto al que le fue extraído el corazón, por un vampiro, dicen.

Se cuenta, introdujo el puño en su pecho, y el extraño corazón de Augusto siguió latiendo, y él siguió respirando, sus células se volvieron autómatas de alguna forma, el sustento consigue llegar hasta ellas, aunque ahora el alimento de Augusto es menos complicado, sólo necesita agua y un poco de fruta, eso no importa, lo que importa es que su corazón quedó en las manos de un vampiro.

Esto empieza donde empieza.

Augusto caminaba sin rumbo, cierra bien su abrigo y mira al suelo, a las fracturas en el concreto de las banquetas, los intersticios donde siguen creciendo pequeñas hojas de pasto. Tal vez la vida sea así, de las grietas en una vida hecha pedazos, puede ir surgiendo lo que estaba antes, lo que era antes de la coraza.

No mira cuando chocan, y lo mira directo a los ojos rojos, terribles, ahogados en sangre, recién satisfecho. El vampiro lo mira también, no piensa en él como fuente de sangre, hay algo más que lo perturba de inmediato.

Este vampiro, al que llamamos U., escucha las arritmias en el corazón de Augusto, que responden a un atractor, no a una oscilación simple, no hay regularidad, pero la hay de alguna forma, un sonido complejo acompañado de un silvido causado por una válvula dañada. El caos en el ritmo, la sangre oxigenada revuelta con la sangre que viene de las venas, como agua de río que desemboca al mar. 

Entierra sus largos dedos, delgados, encierran el corazón de Augusto, se siente tibio, se desgarra el tejido, se rompen arterias y la sangre deja de circular, sale un poco por los conductos ya inútiles y se va cerrando la herida, Augusto ha perdido su corazón, más no la vida, ahora camina, sin ninguna referencia, sus pasos sin compás, su mirada sin brillo y su camisa y corbata llenas de sangre seca.

Augusto come un mazapán, sentado y mira la nochebuena, el único adorno navideño que se permite, piensa en su corazón, no sabe si alguna vez lo necesitó, tal vez no, porque no puede dejar de pensar en los ojos, el cabello negro, la barba, la piel blanca. 

Mira las hojas rojas y recuerda como con ese mismo corazón detuvo otros, como los latidos lo despertaban y que, cuando había un silencio sepulcral, el soplo -su ventrículo dañado- sonaban como el mar. Augusto come el último pedazo de mazapán mira la nochebuena y va a su cama, a la que llama Alaska por aquella canción de los Velvet Underground, resguardada por dos ratas de peluche, Phobos y Deimos -Miedo y Terror, hijos de Marte. Apaga la luz, ya no hay ruido del mar.

Mientras, no tan lejos de ahí, su corazón brilla como si apenas hubiera sido sacado de su pecho, ya no late, pero el vampiro al dormir escucha desde el corazón de Augusto el sonido del mar y a veces su propio corazón late.

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