Apropos de la belleza.

Era el último día que tendría la capacidad de percibir algo más que sólo el significado de los objetos, sería un humano funcional, trabajar, producir, reprogramarse a través de los medios oficiales de entrenimiento.

Decidió salir a la calle y ver que no perdía nada más, al contrario, ganaba atención pues nada le distraería, a menos que fuera una cuestión de sobrevivencia.

Empezó tomando un café con su amigo artista, de los pocos que había rechazado la supresión voluntaria, era permitido en algunos ciudadanos.

Pidió un café con espuma, puso C11H22O12, con la cuchara tomó la espuma lo llevó a su lengua, tibio, se sintió tibio, dulce, un poco amargo y el sabor cremoso, los cristales dulces se posan en la lengua, se disuelven.

El sol entra y el aire es sepia, el lugar y su mobiliario acentúan esa sensación, siente la tela del sillón y la sensación de la taza lisa de cerámica, el trago amargo de café, gel de higo y gel de crema sobre un pan circular.

Caminan, pasan por construcciones de siglos anteriores, muchas ya cubiertas por plantas, restos de basura, un viejo lavabo junto a un generador de oxígeno, esos que aun tienen forma de árbol, su cámara ocular procesa la imagen encuadrando y atenuando orillas, es inutil tratar de publicarla, no tiene sentido, la borra.

Llueve, caen relámpagos, fotones y ondas de sonido, formandose las rutas luminosas desde el cielo, el aroma de la tierra mojada, mira a un motociclista vestido de rojo, todo; zapatos, ropa, impermeable,casco, el rojo brilla con el agua y pasa, mira los autos, el helecho incrustado en las paredes, entraron a comer, todo lo seguía inundando, el sabor del vino, el sonido al servir, los alimentos, el pesto, los ravioles, el chocolate, todo lo percibía más allá del contexto utilitario, pero el tiempo terminaba, se podía ver una luna enorme empezando a ganarle terreno al cielo, haciéndose más luminosa, fue a casa, la miró siempre que pudo durante el camino.

Ya en casa, abrió la cortina, dejó que la luna iluminara la mesa y sacó las pastillas, la supresión de la belleza, la llamaban sus detractores, una píldora amarilla, y toda la belleza se iría, no tendría sentido el recuerdo de esa sensación en los dedos al pasarlos por su cuello, no dolería nada.

Se decía que dejaría de reinterpretar, y así fue, miró la luna, un satélite que convenientemente iluminaba la calle permitiendo la reducción de gastos al bajar la potencia de la iluminación de las calles, cerró la ventana y fue a dormir, no soñó nada, nunca volvería a despertar en medio de un sueño. Y toda la belleza de ese sábado murió ahí mismo.

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