Regurgitación

Es la idea, dejar de escribir cosas directas e irme a lo ficcional, pero es uno de esos días extraños, llenos de tiza, carbón, cadenas de polímero rotas, polvo y desasosiego.

Todo está roto al parecer, las copas, los platos, el viejo sicomoro que está en el patio trasero. Mi cuarto es una tumba de objetos que describen el paso por este lugar, las monedas antiguas que robé del baúl de mi padre, la foto de mi madre cuando era estudiante de enfermería y pedazos de tubos de ensayo de mi primer juego de química, un oso de peluche con un moño, que ya no sé a quien pertenecía. Todo ha sido devorado cientos de veces por el que era, el que aparece en el espejo cuando digo tres veces su nombre. Aunque ahora él menciona tres veces mi nombre sobre charcos de agua estancada para que vea lo que ha hecho con los recuerdos. Ha reinterpretado todo y ha hecho que cosas queden sin dueño, como el viejo oso de peluche. 

Y tiene una vieja versión mía, hecha de lodo y viejas ramas de rosal. 

Y abro los ojos, miro a un enorme campo donde hay una
higuera africana, y en el suelo hay basura, los recuerdos esparcidos. 

Y sé una vez más, que alguien devora todo y lo destroza, acaba con el significado y resignifica. 

Se acaba el desasosiego, el insomnio lo recubre, ansiedad. Ganas de seguir masticando la pregunta que nunca podré hacerle al pasado, al vértigo, al insomnio y que tal vez sólo la muerte pueda responder.

Guillermo Eduardo

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