Sobre los huesos.

Abandonamos el miedo al fuego,
al frío, a la muerte,
dejamos que las cosas nos estremecieran,
que los sonidos nos hicieran mover.

Permitimos que se aproximaran otros seres, las terminales nerviosas mandaron señales al cerebro, no como alerta, no protegiendo.

Estableciendo una comunión.

Dejamos que nos partiéramos el corazón,
en estúpidos fragmentos que son memoria
difusión.

Llegamos a un lugar en el que todos estaban muertos.

Partes mutiladas.

Sangre seca.

Gente rota.

Solté tu mano.

Te perdí.

Y sigo por esa ciudad, de furia, de aroma a ceniza.

A través de un olfato carcomido por la carne putrefacta, intento percibir el rastro de tu aroma.

Nada.

Ya no percibo nada.

Los huesos de otros muertos crujen bajo las pisadas y me miedo, escuchar tus clavículas, tu fémur, tu cráneo romperse.

Aún a esas órbitas, sin ojos, sin nervios, sin transmisores, me gustaría mirar y decir lo mucho que te quise.

Lo mucho que amé tus huesos, tus intersticios cuando te abrazaba.

Cuando pasaba mis dedos mórbidamente, saltando del párpado a el hueso bajo la piel.

Abandonamos el miedo al fuego, a nosotros mismos, al
crujido de muros al caer.

Abandonamos el miedo a perdernos.

Pero sigo buscando tus huesos en esta ciudad de muerte.

En esta ciudad de muertos. De fantasmas. De huesos de lo que creí que construimos.

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