Noviembre 2.

El verano del amor se ha terminado, el olor a lluvia se convierte en olor a humedad, el olor a sudor se hace rancio.

Me gusta caminar por la ciudad, aún en esas colonias que no parecen parte de la ciudad.

En este día de muertos no he ido al Panteón Civil de Dolores, tal vez no vuelva a buscar su tumba, su tumba solitaria que año tras año se desmorona y que sólo una vez intenté limpiar.

Y era caminar como cuando caminábamos juntos, aún cuando iba con alguien, pasar cerca de su tumba que tiene tantos años.

Y paso cerca del panteón y lo recuerdo, y paso cerca de la morgue y lo recuerdo y paso cerca de la sala de velación y lo recuerdo.

La ofrenda fue simple, sólo un vasillo con tequila, una calavera de barro negro y un par de velas que compré el año pasado, tienen forma de flor de Cempasúchil, así que tampoco le puse flores, no pan, no azúcar. Un par de luces para que fuera a visitarme, tomar algo, devolver las visitas al panteón.

Suponiendo que esas cosas existen, me pregunto si escucha y viene, o sólo estoy quemando cera y arruinando un carajillo de alcohol.

Este año no voy a verlo, no entraré y tal vez el año que viene tampoco, en fin, los muertos están muertos.

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