Narraciones cortas sobre colmillos, sangre y una caída de la bicicleta.

Bailaron juntos, un vampiro y un lobo, sonreían con los colmillos, miraban los destellos de las luces en la carne joven de un descamisado, se acercan, entierran de los colmillos en la carne fresca, regresan a la pista. Alguien encontrará un cuerpo sin sangre y sin sus mejores, y más fuertes y jugosos, músculos.

Siento los colmillos, enterrándose, rompíendo la unidad muscular.

Veo el hueso y el resto de la piel, entre sangre, y nada, no siento nada, sólo la necesidad de soltar golpes y que dejen de comerme vivo.

Despierto.

Podía percibirse la edad del abrigo, ya era muy viejo, el tejido iba ya desintegrándose, sus barbas también denotaban una larga cantidad de tiempo, descuidadas, algunas canas escapaban y parecían fuera de lugar. Un viejo monstruo marino, bajo las enormes, largas y blancas cejas, aun esa vista dura, esa mirada de loco que siempre atemorizó a su madre y luego atemorizaría a su sobrina. A pesar de la decrepitud, la mirada dura  en los ojos no se había perdido, miraba alrededor, notando esos pequeños cambios en clima, en el color del cielo, acomodó el cuello pues se acercaba la hora en que la salida del sol hacia que el frío se sintiera aún más. 

Siguió caminando. Viejo monstruo marino en un mundo sin humanos, entre herrumbre, polvo y nuevos árboles. 

Cuando está uno muerto no puede sentir la temperatura del agua, sólo se puede percibir a través de la gente que está en ella. Cuando uno queda muerto en la alberca, se vería una variación de color, pequeñas refracciones por un ente atrapado en ese espacio. Este fantasma es muerto por infarto fulminante y mira los cuerpos nadando encima de él, uno en especial, durante la hora entera nunca se detenía, nadaba al mismo ritmo, la expresión sin cambios, nadaba y él lo mira sobre él.

Despierta, lo mira, sin la locura que usualmente tiene al mirar, tranquilo, se quedaron dormidos y ahora la ropa incomoda, la hebilla del cinturón está enterrada en su abdomen, el piso frío y la cerveza a medias, no pasa nada, le pasa la mano por la mejilla, por la barba, intentando no despertarle, cierra los ojos. 

No hay estación de tren más triste que Seacaucus entre Newark y Manhattan.

Cuanta gente, cuanto miedo.

Veo los pisos altos desde el hotel.

Me da curiosidad saber que puedes encontrar en los vidrios al depositar el agua del aliento encima de ellos.

Tirado en el suelo, un músculo dañado seguramente, me preguntan si estoy bien, cierro los ojos. No sé si estoy bien, empiezo a buscar la mochila, ver que no se han llevado la bici, viene alguien diciendo que no me muevan, cierro los ojos. 

Ahora sentado en este café, sigo sin saber si estoy bien, no puedo doblar el cuello, no puedo voltear, agarraré otra bicicleta pública y veré si los árboles que aún quedan me dicen qué es estar bien. 

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