Historia de muertos 1.

Austreberto puede ver resonancias de ondas emitidas por gente cuando aún estaba viva. Ondas complejas que van escapando de paredes y objetos, como si la gente hubiese emitido pensamientos en forma de señales y estas se quedaran entre ladrillos y que al cambiar su composición liberaran esas señales, ve muertos, por decirlo de otro modo. 

El podría jactarse de ser una persona escéptica y cruel, a veces escucha lo que dicen esas voces y lo ignora. 

El Día de muertos, es aún más intenso, es como si la gente amplificara esas pequeñas señales que salen de los muros, así que evita salir mucho. 

Hoy, sin embargo, sería un día distinto, por primera vez desde que desarrolló esa sensibilidad a captar ecos, vería a una persona que conocía. Su cruel y malvada abuela. 

Se encontraba sentado en el jardín de la Tabacalera, donde su abuela solía tomar el sol el su silla de ruedas. Él era de los nietos comisionados a llevarla, tomar el sol y regresar a casa, oler ese olor a rosas, ver el entramado del chal azul con el que ella se cubría. Nunca había querido a su abuela pues ella afirmaba que él no era su nieto. Que era hijo de alguien más. Así que esas tareas le parecían deleznables y aburridas. Ella era diabética y cuando pasaban por la tienda de la esquina compraba chocolates y los compartía con ella, después empujaba la silla de ruedas por el jardín o las calles para marearla, pensaba qué tal vez así quedarían vengados los días de angustia cuando veía a esos extraños que no-eran-sus-hermanos y a ese extraño que no-era-su-padre, eventualmente se dio cuenta que era hijo de su padre, aún así le guardaba rencor. La abuela eventualmente murió, el nunca lloró y nunca ha sentido nada a ese respecto. 

18 años después de enterrarla la vio sentada, borrosa, no estaba en la silla de ruedas, pero tenía los lentes oscuros (era ciega) y el chal azul. Austreberto no se sorprendió, sólo se sintió molesto. No recordaba esa niñez angustiada. 

Se sentó junto a ella, nunca les hablaba pues eran ecos, algunas señales que se interpretaban como gente que alguna vez estuvo viva. Pero ella lo miró y sonrió, ella sin esperar reacción alguna comenzó a hablar. 

“Usted me recuerda a mi nieto, el más extraño de todos, estoy segura que no era nieto mío aunque decían que era igualito a mi hijo cuando tenía su edad, yo ya había quedado ciega y de cualquier modo no me interesaba. Sin embargo cuando llegaba el sábado y llegaba ese pequeño extraño a traerme al parque me emocionaba más que con los otros niños que solían custodiarme. Sabe, él me compraba chocolates, me gustaban mucho y todos me evitaban cualquier clase de dulce, así que, aunque sabía que después la pasaría mal, los disfrutaba como a nada en esos días antes de morir. Después empujaba la silla con todas sus fuerzas y me llevaba a toda velocidad de silla de ruedas hasta el parque, empujaba, subía bruscamente y casi me desmayaba pues me daba vueltas por toda la vieja fuente. Descansaba un poco y se sentaba, comíamos más chocolates. ¿Sabe? Nunca hablamos de nada, esos paseos eran en silencio. El casi no reía y no podía ver si expresaba algo aunque sé que no, era un niño solitario. Quise mucho a ese pequeño extraño.”
Después de eso Austreberto se levantó y se fue. A veces sigue pasando y ve esa tenue sombra, su abuela. Se pregunta, qué pensaría en ese entonces él, si ella pensó en eso al morir. Después sigue su camino y llega al ruidoso monumento a la revolución. 
Extrañó los buñuelos de su abuela.

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