Vida y drama de Guillermo Eduardo

Una drama en tres actos.

Acto uno – Nunca me enseñaste a nadar con tiburones.

Encontré los cadaveres justo junto al asesino, durante toda la búsqueda esperaba encontrar a mis padres vivos, no fue así, había más, ya todos en colores purpura, piel pálida y el olor que no se me quita de la nariz, por supuesto es un sueño, sin embargo ya alguna vez repiré el olor de grasa humana podrida, de sangre infesta de bacterias, de carne agusanada.

Desperté violentamente, aunque esta vez ya no estabas para preguntar que había soñado y anotarlo, lo hiciste todas las noches cuando me ponía mal y despertaba de sueños extraños, intenté anotarlo, no era tan bueno como tú para trasncribir lo que describía, leí un rato y volví a dormir.

En otro sueño aparecias tú, siempre calmandome, incluso en el sueño, durante nuestro tiempo aplicabas las tres gotas que debía tomar para poder respirar, te asegurabas que tomara las pastillas por la noche, las que no me dejaban tener pesadillas, las que me hacían comportarme durante el día y las que eventualmente me harían distinguir qué era real y qué era lo que estaba soñando. En el sueño estabamos en una de esas viejas casas que soñaba, que siempre estaban llenas de gente. Saliamos a un jardín, el mismo jardín que había en casa del repostero pero más grande, ahí nos besabamos, ahora no sólo era el dolor que recordaba de encontrar los cadaveres de mis padres, era también recordar que besarte es lo mejor que podiamos hacer cuando no teniamos nada que decir.

 

Qué extraño, mientras nadaba pensaba, ahora no tenemos nada que decirnos y no nos estamos besando. Recordé otro sueño mientras un compañero del equipo de natación me golpeaba cuando nadabamos en sentido contrario, en el sueño me dijiste que me enseñarías a nadar. Aunque siempre supe nadar y tú, no, tal vez me enseñaste a nadar entre tiburones y de esa forma podría dejar las tres gotas cada que no podía respirar y las pastillas.

 

Acto dos – Te voy a encontrar en el parque.

 

Hay que atravesar la plaza roja en Moscú, la cual sólo conozco de películas y fotografías, durante mucho tiempo pensaba que sí conocía ese lugar, que al atravesarlo podía llegar a una catedral que sería la catedral de La Sagrada Familia, pero no, en el sueño, recuerdo, o lo que sea, era una iglesia regular en medio de la nada en medio una ciudad que podría ser Barcelona o Zacatecas, no sé, es una mezcla de tantas cosas, pero al llegar a la avenida, hay un edificio enorme cuyos árboles son también enormes, me recuerdan un poco al centro de Medellín, ahi te espero en un parque a que pases, pero nunca lo harás porque nunca te describí ese lugar, es muy dificil y preferí no hacerlo, así que nunca te voy a encontrar ahí.

 

Acto tres – Una taza de chocolate y veneno.

 

Sonreí lo mejor que pude, pedí mesa para uno y la chica puso tus cubiertos, como todos los viernes, los síntomas y las aluciones dejan bien claro que debo medicarme de nuevo, hablé al doctor y me enviaron la receta y bajé a medio día a surtirla. La chica de la farmacia me miró con recelo, siempre me miraban así y tu les azusabas para que fueran por los medicamentos y no juzgaran si era uno de esos adultos que se drogaban, o al menos eso creian, de forma legal. Siempre la misma mirada, preguntándose si estoy deprimido, si estoy escuchando voces en ese momento o si mis bostezos para poder meter aire a los pulmones no son señal de la necesidad de tomar lo prescrito. Ahora no ibas conmigo, ahora no comprabamos otras cosas que hacian falta en el baño, o algo para cenar, siempre surtiamos la receta cerca de los tacos de Av. Universidad, tacos y ansiolíticos o tacos y cerveza durante los días últimos en los que seguimos estacionandonos detras de la farmacia aunque ya no pasabamos a ella. Parece que el día que desaparecieron las pesadillas, que pude distinguir lo real y lo imaginario – lo mejor que pude – y  parecía estar más centrado, te hiciste menos necesario, no te necesitaba, se hacía costumbre estar bien, eso creimos,  no quedaba sólo nadar juntos hasta que un día dejaste de ir, hablaste de irte, y entonces me declararon sano.

 

 

Epílogo.

A veces despierto y siento que apenas te levantaste por agua, a veces te veo nadando, de reojo, rebasando, pero es claro que no estas ahí, así, mientras estiro un brazo y giro para respirar intento no decirte nada, a veces nado rápido, no respiro y así no pienso, no me acuerdo, no existes.

 

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