Muerte y mandarinas – R –

Me gusta tomar jugo de mandarina, es el inicio del otoño, con los años aprendí a disfrutar ese sutil cambio en la luz que llega después de la última lluvia, la siguiente tarde después del último día nublado del verano.

2020 fue un año convulso, debido al encierro sueño con gente que no me interesa ver pero parece que mi cerebro, el baúl del absurdo, sigue guardando una vieja rencilla, ¿Vale la pena buscarles y no más decirles que estoy furioso con ellos? No creo.

En un sueño, estaba en una universidad y había gente en todos lados, como antes de la pandemia, sucedió algo notable, me percataba que algunos sitios eran sólo parte de sueños y que estaba en uno. Hace años me pasaba lo contrario, no sabía decir qué era parte de un sueño y qué había visitado o sucedido en realidad, así tenía amigos que sólo habían existido en sueños, o situaciones con gente existente que sólo sucedieron en los sueños y no lo distinguía de lo real. Fui entrenado, por decirlo de algún modo, para no confundirlos y no meterme en problemas, pero a esta altura del partido intento disfrutar recordar un panteón que nunca existió realmente y al que llegaba saliendo de mi cuarto de la niñez.

Me gusta ir a visitar panteones, quizá este año sea imposible, no tengo muchas ganas quizá porque habrá muchos muertos recientes, mucha gente contaminada que les ha sobrevivido y la idea de la muerte me ha rondado desde la primera vez que sospeche que podría estar contaminado cosa que se repite una vez al mes. Este año la muerte no es romántica, es burda y vulgar.

Nadaba y el sol entraba por una ventana, lo veía refractado en el fondo de la alberca, pequeños arcoíris titilando en el fondo, no vi la pared y me estrellé, pensé que el golpe sería tan fuerte que quizá moriría nadando, la mórbida idea de la muerte me asalta a la menor provocación, quizá porque tampoco tengo algo que me amarre a esta vida, debí trabajar en eso, pero mi idea hedonista de la vida era vivir tranquilo, lo hago y por lo mismo me entretienen esas ideas, en la noche, cuando a la primera provocación empiezo a ahogarme.

Pienso en qué tan miserable se vuelve la vida conforme te acercas a su fin, excepto por la muerte abrupta, hay un pequeño o largo proceso de muerte, siempre he pensando que alguien sabe que ya está por morir, aunado a sus ganas de dramatizar, tiene interesantes ficciones. Pienso en la serie de la familia que tiene que poner en orden su vida a través de una funeraria, me gusta de esa serie lo naranja de las tardes, los panteones al atardecer. Me habría gustado que me enterraran al atardecer, en el otoño, debería morir en el otoño.

Las mandarinas siempre son amables. Siempre son dulces, siempre saben a otoño. La calles y sus hojarascas, tomar un café por la mañana que también tiene un sol distinto, el sol fuerte de medio día al que debes exponerte por más tiempo so pena de cancer, so pena de nunca calentarte. El otoño es la estación que nos recuerda que habrá un pequeño momento antes de morir. Donde habrá que ponerse al tiro con uno mismo, hacer las pases con lo que se esperaba. Nada, pienso, sólo somos una especie justificando la depredación y extinción de todo, me pregunto si a escala personal también planeamos acabar con todo porque nos creemos con el derecho.

Me gusta quitar la cáscara de la mandarina de tal forma que se forma una espiral de Cornu, siempre he querido demostrar matemáticamente que es así pero siempre he sido torpe para esa parte de las matemáticas, me gusta mucho resolver las ecuaciones pero nunca he sido de llegar a ellas. Pienso que eso me facilitaría la vida, al final, las derivas y encuentras máximos y mínimos. Me gustaba eso, me gustaba el cálculo diferencial.

Me gustan las deltas que se convierten en el todo. Me gustan los todos que se desintegran.

Mientras nadaba pensaba en la sorpresa de la muerte, si ese golpe hubiese causado daño, me iría quedando dormido y entraría agua por mis pulmones, como aquella vez que se detuvo mi corazón en una vuelta de campana al llegar al extremo de la alberca, nadie se percataría hasta que flotara. Junto a mi había una mujer que hacía piruetas.

Pensé haré piruetas mientras el sol se cuela por el ventanal de la alberca, la tarde de otoño, me iré dando piruetas y en ese andar dramático pedí no se avise a nadie de mi muerte, se me entregue al servicio de donación de cuerpos, y eventualmente no quede prueba de que existí, el dominio dejará de pagarse y se extinguirá, en esta vida sólo puedes ser inmortal si alguien se beneficia de ello, y pues eventualmente no habrá compatibilidad con mis discos duros, o el formato de las fotos, el olvido y la obsolescencia programada van de la mano.

Nadaré al rato y haré piruetas donde el sol forma arcoíris en el fondo de la alberca, piruetas como la espiral de Cornu, y espero pensar en esa imagen cuando el corazón me reviente por fin.

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