Diario de arañas.

Finales de junio, las lluvias esta vez llegaron a tiempo y profusas, las mañanas huelen a tierra húmeda y son frías. Si sale una pierna de la cama durante el amanecer, el frío se le monta a uno, interrumpiendo el sueño, uno se envuelve entre capas de sábanas que sirven de aislante y que protegen esa costumbre de irlas quitando durante el sueño.

Cada mañana cambia el aspecto del reino de las arañas, cuando me levanto a mear miraba hacia la esquina, a veces hay cuatro o cinco arañas, una más grande, en un par de ocasiones ha habido una eclosión de decenas de huevecillos, las pequeñas arañas forman una nube entre las telarañas en las que descansan. Unos días después viene la primera muda de exoesqueletos y el éxodo al resto de los rincones de la casa.

Algunas arañas llegan a la lavadora y detrás del refri, son lugares tranquilos donde seguro las pequeñas moscas de la fruta que rondan el bote basura y buscan los restos de comida de la bolsa de la basura biodegradable quedan atrapadas, ahi viven tranquilas pues es raro que mueva esos aparatos, otras se van al cuarto de los libros, viven entre las viejas cajas donde los pescaditos de plata se deleitan con el cartón y las páginas de libros, como Rayuela -que jamás tocaría a menos que necesite prender fuego- Pero los pescaditos y las arañas lo agradecen.

Hay una araña que esperaba a los coleópteros que viven en el baño. Cuando todo está oscuro y tranquilo, salen y se mueven a sus anchas, me imagino que me están comiendo; ya saben, el polvo que fue mi piel. Todas las mañanas debo espantarla para que el agua de la ducha no se la lleve, así que debo esperar a que entienda que esas gotas que le lanzo son el aviso de mi hora de bañar, espero, se movía y ya lejos del peligro, me baño, la dejo tranquila.

Las pequeñas arañas desaparecieron poco a poco de las nubes, poco después han desaparecido sus exoesqueletos, creo que las arañas se comen a las arañas pequeñas, y quizá es un manjar comer los pequeños cascarones que han sido su primera coraza. Desaparecieron los nidos, veo menos arañas, que también deben comerse entre ellas pues nunca me he topado con un cadáver, si a caso un viejo esqueleto que luego también desaparece.

Han desaparecido todas las arañas, torpemente quise quitar las telarañas llenas de polvo y quizá lo tomaron como una afrenta y se han ido a esconder a la recamara o a otro de esos rincones donde sigo guardando -inútilmente- cosas inútiles. Quizá se han colado por el plafón y viven tranquilas en la oscuridad atrapando otros insectos de los que no tengo idea pues se esconden allá arriba. Quizá regresen, quizá no, pero incluso la araña de la regadera no está, han huido y me han dejado más solo de lo que ya estaba.

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