Gente mirando detrás de las tapias.

El olor, el olor se queda pegado en la nariz, a humedad, a moho.

Detrás de las ventanas tapiadas hay gente que aun recuerda cómo era la vida, cómo era el sol quemando la piel. Detrás de la ventanas tapiadas siguen buscando cómo salir, sin poder quitarse el olor fétido de los últimos momentos de descomposición.

Guillermo Eduardo Martínez – 2022

Algunos de ellos son unos esqueletos de color tabaco anegados en su propia putrefacción, algunos tuvieron más suerte y son unos esqueletos blanquísimos que no huelen más que a tierra y los miran desde fuera mientras algunas flores silvestres crecieron en las cuencas y han escapado entre los intersticios. Uno de ellos tiene un trébol de cuatro hojas que salió de ese intersticio entre el hueso parietal y temporal.

Conforme la enfermedad carcome el corazón es más fácil verlos, vencidos, quizá sólo estupefactos sin saber qué les pasó. Dicen que la vida pasada la olvidas al nacer pues el traumatismo es fuerte y que de todos modos ya no importa; creo que cuando pasas a esa siguiente vida como espectro sucede lo mismo: todas las preguntas del mundo, todas las culpas, las deudas y los deshonores, todo el dolor y placer se juntan y te dejan estupefacto. Quizá la carne – prisión – es quien maneja la consciencia de uno mismo y al perderla también uno se libera de su concepción y existencia.

Van a demoler un pequeño restaurante y los fantasmas no sabrán que hacer. Quizá el lugar también se queda como un fantasma, dimensiones encimadas o dimensiones que se quedan en una posición espacial absoluta, el universo se expande y algo se queda atrás más sin embargo queda un eco. Lo que mira por las ventanas cubiertas de madera.

Guillermo Eduardo Martínez – 2022

Los muertos se quedan pegados a los muros, así no sienten vértigo, como esos adolescentes que sienten que el futuro no llega, pegados a la pared. Siguen las motas de polvo en sus trayectorias no lineales. La gente, aun atrapada en la carne, finge no verlos pero los huele. El olor que recuerda a camiseta de gimnasio olvidada, grasa rancia y húmeda. No pueden quitarse el olor hasta cuadras después, y entonces ahí hay otro muerto con sus aromas y sus culpas. Prefieren moverse en un auto y no verlos más por la calle. No hay redención para nadie, pienso, mientras miro los carritos abandonados en un pequeño restaurante abandonado.

Sigo caminando, sigo pensando en mi propia redención y si eso importa. Si las culpas y ambiciones quebradas son las que lo atan a uno al suelo donde el cuerpo fue enterrado o donde uno fue devorado por la fauna mortuoria o donde uno se estremeció al arder en llamas. Nunca he visto a los fantasmas de los crematorios, tal vez no existen porque son liberados por el fuego, tal vez el fuego, tal vez el fuego.

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